
Cinco voces de la industria editorial y de plataformas de audio se reúnen para hablar de lo que está pasando en uno de los mercados con mayor potencial de crecimiento en el mundo del audio en español.
La mesa moderada por José Manuel Anta, director gerente de la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE), reunió a cinco profesionales que trabajan en el corazón de esa industria emergente: Carmen Ospina, directora de Desarrollo de Negocio, Marketing y Comunicación en Penguin Random House; Daniel Cladera, director de Publisher Relations Spain, Latam and Brazil; Gabriel Polgati Rojas, director ejecutivo de RDF Media y responsable de Storytel Chile; Rodrigo Meinberg, CEO y fundador de Skeelo; y José Alberto Parra, director de Estrategia Digital USA Latam en Grupo Planeta.

Esta ponencia del Audio Day Parix 2026 me resultó muy significativa porque reveló algo que pocas veces se dice de manera tan clara: en América Latina la industria del audiolibro no está en crisis. Está naciendo.
Lo que sigue es mi lectura de esa conversación, desde mi posición como alguien que trabaja en la producción y creación de contenidos sonoros en español y que sigue muy de cerca lo que ocurre en estos mercados. Forma parte de la serie de artículos que estoy dedicando a las ponencias del Audio Day Parix 2026, junto con mis reflexiones sobre las newsletters especializadas en audio y su papel en la construcción de una industria, sobre las tendencias en producción de audiolibros en los mercados de habla hispana, sobre el impacto de la inteligencia artificial en la narrativa sonora, sobre la ficción sonora original y su nueva lógica de valor y sobre cómo el audio y la IA están transformando la visibilidad de las marcas.
La brecha que podría definirlo todo
Antes de hablar de tendencias, audiencias o modelos de negocio, hay un dato que cualquier conversación sobre audiolibros en América Latina tiene que tener presente: existen ciento cincuenta millones de títulos disponibles en formato impreso en el mundo. Y algo más de un millón en audio.
Esa brecha no es un matiz, sino el punto de partida de todo lo demás.
En Brasil, como contó Rodrigo Meinberg, el desequilibrio se hace aún más concreto: cuatrocientos mil títulos disponibles en papel, doscientos mil en e-book, y solo quince mil en audiolibro. Y sin embargo, en su plataforma Skeelo, que integra libros digitales dentro de los paquetes de telecomunicaciones de ciento setenta millones de usuarios, el audiolibro concentra ya el cincuenta por ciento del tiempo total de consumo, aunque solo el trece por ciento de los usuarios puede acceder a él mensualmente.
Eso no es un síntoma de saturación. Es exactamente lo contrario. Es la señal de que cuando el audio está disponible y accesible, la gente lo escoge. El problema es que todavía no está disponible en la mayoría de los títulos.
«El espacio que hay para crecer el audio es muy grande. Pero no es solo una cuestión de tiempo. Es una cuestión de dinero, y es imposible cerrar esa brecha sin inteligencia artificial.»
— Rodrigo Meinberg, CEO de Skeelo
Daniel Cladera coincidió con esa lectura. La brecha entre el catálogo impreso y el catálogo en audio es una realidad que no se puede ignorar, y cerrarla requiere no solo voluntad editorial sino también herramientas tecnológicas que aceleren la conversión. No como sustituto de la producción humana de calidad, sino como palanca para hacer llegar el audio a títulos que de otro modo nunca tendrían presupuesto para grabarse.
Desde Grupo Planeta, José Alberto Parra añadió algo que me pareció fundamental: en los mercados nuevos, no existe el mercado hasta que no existe el catálogo. La demanda no precede a la oferta. Es al revés. Primero tienes que construir el catálogo para que los oyentes potenciales tengan algo que descubrir.

Crear la categoría antes de competir por ella
Rodrigo Meinberg formuló con mucha claridad una afirmación que me dejó pensando: en América Latina, el mayor reto no es competir dentro del mercado del audiolibro. Es crear ese mercado.
En países como México, Argentina, Colombia o Brasil, el hábito de escuchar libros todavía no está instalado de manera amplia. Eso significa que antes de pensar en captar oyentes de otras plataformas, hay que hacer algo más difícil: convencer a personas que nunca han escuchado un audiolibro de que vale la pena empezar.
Frente a ese punto de partida, la competencia entre plataformas pierde sentido. Como señaló Meinberg, no hay rivalidad cuando el mercado aún no existe. Lo que tiene sentido es un esfuerzo conjunto para visibilizar el formato, facilitar el acceso y generar ese primer contacto entre el oyente potencial y el audio.
Gabriel Polgati Rojas aportó desde su posición en la radio y en Storytel Chile una perspectiva que me pareció muy valiosa. Los medios de comunicación, y la radio en particular, pueden ser un actor completamente nuevo dentro de este ecosistema: produciendo contenido original, adaptando títulos de editoriales y, sobre todo, publicitando audiolibros de forma gratuita en sus propias emisoras. Una ventaja competitiva que el resto de los actores no tiene.
«Puedo hacer un libro original, adaptarlo, publicitarlo en radio sin coste. Y cuando lo publicito, publicito el audiolibro pero también el libro físico. Los medios pueden ser socios muy relevantes en este crecimiento.»
— Gabriel Polgati Rojas, RDF Media y Storytel Chile
Un mercado que madura de forma desigual
Una de las cosas que más me interesó de la conversación fue la descripción de cómo los distintos países de América Latina se encuentran en estadios de desarrollo completamente diferentes, y cómo eso afecta a los géneros que funcionan, a los formatos que se consumen y al perfil de la audiencia.
Gabriel Polgati Rojas trazó, desde su posición en Storytel Chile, una evolución que resulta muy reconocible si llevas tiempo siguiendo estos mercados. Al principio, cuando una plataforma llega a un nuevo país, los usuarios se acercan a la no ficción, a autores ya conocidos y a contenidos más cortos. Están probando un medio nuevo, y lo hacen desde la seguridad de lo familiar.
Pero a medida que el mercado madura, algo cambia. En México, que es donde las plataformas llevan más tiempo operando, ya se observa una tendencia clara hacia la ficción y los contenidos más largos. El oyente se ha vuelto más sofisticado. Ha desarrollado un gusto propio. Y empieza a reclamar producciones más auténticas, con acentos más reales, con voces que reflejen de dónde viene la historia que está escuchando.
Chile, en cambio, lleva apenas seis meses con Storytel. Y lo que se está viendo allí es exactamente lo que ocurrió en México hace cuatro años: no ficción, contenidos breves, autores conocidos. Y dentro de los primeros cinco títulos más consumidos, ya hay un contenido local. Algo que dice mucho sobre el apetito que existe por historias propias cuando el catálogo se construye con criterio.
«Antes el audio era para aprender o informarse. Ahora también es para entretenerse. Y eso ha traído a un público joven que se engancha al romance, a la fantasía, a géneros que antes no formaban parte de la conversación.»
— Carmen Ospina, Penguin Random House
Penguin, con casi diez mil títulos en su catálogo de audiolibros en español, y con más de diez años de apuesta consistente por el formato, ve en esa evolución una oportunidad. No solo para crecer en volumen, sino para diversificar la propuesta: el audio como entretenimiento abre géneros y públicos que la no ficción nunca alcanzaría.

El acento como oportunidad, no como obstáculo
Hubo un momento en la conversación que me pareció especialmente interesante desde mi trabajo como narradora y productora. El debate sobre los acentos.
Durante mucho tiempo, la industria optó por un acento neutro que, como señaló Gabriel Polgati Rojas con bastante ironía, en realidad no existe. Era una convención operativa: si no sabes desde dónde se va a escuchar el libro, eliges un acento que no suene a ningún lado. O que suene, más o menos, a todos.
Pero el oyente latinoamericano escucha cada vez con más conciencia y ha desarrollado un criterio propio. Y hoy, si sabe que un libro fue escrito por una autora mexicana, prefiere escucharlo en acento mexicano. No como exigencia de exclusividad, sino como señal de autenticidad. Como reconocimiento de que la historia viene de un lugar concreto y que ese lugar tiene su forma de sonar.
Carmen Ospina lo formuló como una oportunidad cultural, no como un problema técnico. Los acentos son una manera de reflejar la riqueza de nuestra literatura. De construir un catálogo que no suene genérico, sino que tenga raíz.
Y Gabriel Polgati Rojas añadió un matiz que me parece muy sensato: el público latinoamericano lleva décadas consumiendo contenido con acentos distintos al suyo. Películas argentinas, series españolas, telenovelas colombianas, reggaeton puertorriqueño. La diversidad de acentos no es una barrera de entrada. Es parte de la riqueza cultural que ya forma parte de la vida cotidiana. Lo que hace que un acento funcione o no en un audiolibro es que sea honesto, que no sea forzado, que tenga relación real con la historia que se está contando.
«La diferencia de acentos es una oportunidad, no un obstáculo. El público joven lo sabe especialmente bien. Y las plataformas de streaming nos han ayudado a borrar esa barrera.»
— Carmen Ospina, Penguin Random House

Los modelos de negocio: ninguno está ganando todavía
La tercera parte de la mesa se centró en cómo se está comercializando el audio en América Latina y qué modelos están funcionando. Y la respuesta más honesta que se dio fue: todavía no lo sabemos del todo.
Rodrigo Meinberg explicó el modelo de Skeelo, que es quizás el más singular de los que se discutieron: integrar el acceso a libros (primero e-books, luego audiolibros) dentro de los paquetes de telecomunicaciones, sin modificar el precio. Es una forma de llegar a una base masiva de usuarios que quizás nunca pagarían una suscripción específica para leer, pero que tienen el libro disponible porque ya pagaron por otra cosa. El resultado, según los datos que compartió, es revelador: en Brasil, con doscientos veinte millones de habitantes y una media de 2,8 libros consumidos por persona al año, incluso llevar ese número a seis ya representaría un salto enorme para la industria.
Gabriel Polgati Rojas, desde Storytel, aportó la perspectiva de una plataforma con presencia en más de ciento ochenta países y cincuenta idiomas, que opera en mercados con décadas de madurez junto a otros donde acaba de arrancar. Esa diversidad obliga a adaptar el modelo en cada contexto: desde opciones de crédito hasta escucha ilimitada. En América Latina, como señaló, la suscripción se ha implantado con relativa naturalidad, en parte porque la región fue de las primeras en adoptar Netflix y el modelo ya era conocido. Pero todavía está analizando cuál es la mejor fórmula para cada mercado.
Daniel Cladera insistió en que la clave es dar un servicio localizado: conocer qué contenidos interesan en cada país, trabajar con productoras locales, con actores y actrices que hablen con el acento del lugar.
José Alberto Parra puso sobre la mesa algo que me parece especialmente importante y que se suele pasar por alto en las discusiones sobre expansión a nuevos mercados: bajar el precio no siempre es la respuesta correcta. Hay una tentación muy comprensible cuando se trabaja en mercados con menor poder adquisitivo de asumir que la única forma de llegar a más gente es cobrar menos. Pero eso puede dañar el valor percibido del producto, el ecosistema que sostiene a autores, narradores y productoras, y la percepción de que el audiolibro es un bien cultural que merece lo que cuesta.
«Es muy tentador decir: como el ingreso es menor, hay que vender más barato. Pero eso no es necesariamente correcto. El valor percibido y el precio mantienen un ecosistema sano.»
— José Alberto Parra, Grupo Planeta
Carmen Ospina fue en la misma línea: los modelos de tarifa plana, aunque se han instalado en parte del mercado latinoamericano, no son necesariamente el modelo ganador. América Latina sigue siendo un terreno de experimentación. Y en muchos países, las ventas de libros físicos siguen creciendo, lo que demuestra que hay público dispuesto a pagar por cultura cuando el producto tiene valor real.
Las conclusiones que extraje y por qué
Salí de esta sesión con una sensación que no suele acompañar a los debates sobre mercados emergentes: optimismo informado. No el entusiasmo fácil de quien ve una oportunidad sin ver sus complejidades. Sino la convicción de alguien que entiende los obstáculos y aun así cree que hay algo importante en construcción.
América Latina es un territorio enorme, diverso, con mercados en estadios de desarrollo muy distintos y con una riqueza cultural que todavía no se ha traducido de forma suficiente en catálogo de audio. Eso es un problema real. Pero también es, exactamente, la oportunidad.
Porque cuando el hábito de escucha se instala (y los datos de consumo de Skeelo sugieren que cuando el formato está disponible, la gente lo elige) los oyentes no solo escuchan más. Terminan más libros. Se enganchan más. Buscan más. Y empiezan a querer historias propias, contadas con las voces y los acentos que reconocen como suyos.
Lo que esta mesa me confirmó es que el audio en español en América Latina no es una tendencia futura, sino un proceso que ya está ocurriendo. Y que necesita, al mismo tiempo, más catálogo, más inversión en formación de audiencias, más alianzas entre actores del sector (editoriales, plataformas, medios de comunicación, productoras) y más espacios donde la industria pueda pensarse a sí misma con rigor.
Porque una industria que no se conoce a sí misma no puede crecer con criterio. Y esta mesa fue, precisamente, uno de esos espacios.







